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El gaucho Fernando M. Etcheverry

 

Artículos publicados:

1.- EL CHANGADOR

2.- EL GAUCHO:
VISTO POR VIAJEROS

3- EL LAZO

4.- EL JINETE

5.- EQUITACION PAMPEANA

6.- RODEO

América a caballo

ARGENTINA

EL GAUCHO

PRESENTACION

Buenos Aires, Argentina Enero 9 de 2009

Queridos hermanos Mexicanos, era hora de presentarme; desde ahora podrán disfrutar de lecturas relacionadas con nuestro hombre de a caballo, nuestro arquetipo nacional, el Gaucho, nacido a finales del 1600 producto de una economía exclusivamente ganadera y de la herencia Española, con sus caballos como medio de vida y un espíritu de libertad, de vida sin ataduras.

Tal es así que el Gaucho fue el brazo principal de la economía nacional por muchos años, el primero en colonizar las inmensas y despobladas regiones de mi Nación, con los nuevos establecimientos ganaderos, en los cuerpos de caballería destinados a la frontera en la guerra contra el Indio, combatiendo en las guerras de la independencia, liberando Chile, y el Perú llegando hasta Venezuela; el de las tristes luchas civiles hasta la consolidación nacional.

Luego el progreso, el país inundado de inmigrantes ocupados en la agricultura, y el campo “cuadriculado” con alambres de púas, vías férreas y el telégrafo, fueron minando su forma de vida libre, muy libre y semi errante.

Así fue hasta que lo ahogaron con la persecución, para dejarlo “sin alas” y ocupando solo el puesto de peón en alguna Estancia ó de matón de comité en un partido político.

Hay mucho para aprender sobre el Gaucho, porque la esencia de mi País es el Gaucho, ideales de Justicia y de Libertad, por los cuales se pelea hasta morir.

Amigos, desde el primer momento me interesó su cultura, con la que compartimos muchas similitudes y origen común, la cultura del caballo, la traída por el conquistador.

Voy a hacer lo posible para conocernos y para que nos conozcan en el Mundo.

Le estoy infinitamente agradecido a mi amigo, el Charro Víctor Cortés, quién me dio la gran posibilidad y privilegio de “hacerme un lugarcito” en su sitio.

Bueno amigos Charros, juntos recorreremos la “huella” de la Gauchería.
Estoy a su servicio.

Los saluda cordialmente
Fernando M. Etcheverry


Salud holistica

 

 

 

 

   
 

EL RODEO

“En las grandes estancias de las llanuras, la vida se concentraba en espacio amplio, escueto, de color parduzco á veces de un octavo de legua de ancho, llamado el rodeo, que en aquel océano de altas yerbas parecía como un bajío en alta mar.”

R. B. Cunninghame Graham – 1870


Primero debemos situarnos en el tiempo: comenzamos en la época colonial, quizás a finales del siglo XVIII, momento donde ya había estancias en crecimiento; hasta mas o menos fines del siglo XIX donde la región pampeana estaba completamente colonizada y los grandes campos divididos con alambrados.

Segundo, ubiquémonos en el espacio: una llanura infinita, casi desconocida cargada de peligros como tribus guerreras de indios y grandes felinos como el Puma o el Yaguareté. En medio de la llanura esta la estancia un pequeño núcleo de hombres, peones y patrones, cuya misión si bien es económica –la de criar ganado- es también pobladora. Muchas de estas estancias están cerca o mas adelante de la frontera constituida por una línea militar, que dividía a la civilización del “desierto”.

Tal es así que no existían aún los campos alambrados entonces los limites entre una propiedad y otra eran difusos, dentro de estas estancias se criaban miles de vacunos y yeguarizos, esos animales podían mezclarse con los de otra propiedad o bien alejarse y perderse. Siendo que la hacienda vacuna era arisca, o sea semi-salvaje criada en total libertad y muy poco acostumbrada a ver hombres.

Don Roberto Cunninghame Graham, Inglés que vivió entre los gauchos dice del rodeo:
Casi todas las mañanas del año se recogía el ganado y se le enseñaba a permanecer allí hasta que el rocío desaparecía de la yerba. Usabase la frase de parar rodeo, que corresponde al round-up de los cow-boys de las llanuras del norte.

Como dijimos que los animales eran ariscos, la finalidad de parar rodeo era aquerenciar gradualmente a los animales, esto es crearles el hábito de tener un paradero fijo. Muchas veces el lugar elegido para este trabajo era el mismo “centro” geográfico de la estancia con la finalidad –probablemente- de que los animales una vez que se dispersaran no se alejaran mucho de los limites de la propiedad; el rodeo con el sucesivo pisoteo de los animales se iba transformando en un lugar casi sin pastos y fácil de distinguir a distancia.

Continúa el relato de Don Roberto, diciendo:”….Los gauchos dormían todos sobre sus recados, que antes de que amanezca se levantaban, se calzaban sus botas, su sombrero y se ponían su rastra y tirador, luego todos tomaban unos buenos mates –las mas de las veces amargos- a la orilla de el fogón. Después cada uno agarraba su caballo, que casi siempre estaba en el campo abierto atado a estaca…”. Se debe esto a que en aquel entonces no se utilizaban ni abundaban los corrales, por eso era común que los caballos a usar el día siguiente se los atase a estaca.

Luego de ensillados los caballos, los conducían unos metros para que se desperecen o si querían puedan corcovear, después montaban de un salto.

Mas tarde el capataz daba la orden de comenzar y cada gaucho salía con un rumbo diferente muchas veces acompañados de sus perros, unos con dirección a una loma donde siempre se echaba una punta de vacas para ir llevándolas al lugar donde se convenía para parar rodeo; otro salía rumbo a otra loma o a un bajo, y otros más hacia la costa de un arroyo. Los gauchos iban gritando y silbando, los animales se acercaban al rodeo mugiendo, unos caminando lentamente y los terneros llegaban al trote o retozando de alegría, sabiendo que llegaban a un sitio conocido.

Así pasaba el rato, y cada gaucho con su punta de vacas llegaba al rodeo donde se juntaban los animales que en ocasiones llegaban a las diez mil cabezas. Se esperaban al menos dos o más horas a que se levantara el rocío o la escarcha, mientras tanto los gauchos iban al paso de sus caballos alrededor del rodeo para atajar, o sea impedir que los animales se vuelvan al campo provocando quizás una disparada.

Siempre que se paraba rodeo se aprovechaba para revisar el estado general de la hacienda…..si estaba flaca, cuantos podrían formar una tropa para enviar al matadero, o bien carnear algún animal gordo para el consumo de la estancia y su personal, un recuento de toros, novillos y en caso de encontrar animales abichados, es decir con las heridas infectadas era muy común enlazarlos y curarlos con una solución de agua y sal gruesa.

Después de un rato los gauchos que había parado rodeo se alejaban fumando al paso de sus caballos, charlando como siempre…..de la pelea entre dos gauchos en la pulpería, de la guerra civil, o de la carrera que habría el domingo.

Para ir concluyendo quiero destacar que el rodeo, junto con el aparte y la yerra –estos últimos dos- se siguen realizando hasta hoy día de modos totalmente diferentes fueron en un principio las tareas ganaderas básicas a desarrollar en la explotación ganadera hasta mas ó menos finales del siglo XIX y en las que el gaucho ocupaba un lugar central

Simplemente porque este trabajo necesitaba del gaucho para hacerse y era el único que podía desarrollar estas tareas.

Por Fernando Martín Etcheverry

 
     
 

 

EQUITACION PAMPEANA


“El gaucho anda generalmente a todo galope y como el campo esta lleno de agujeros hechos por las vizcachas o peludos su caballo rueda frecuentemente y sino fuera porque el gaucho siempre cae o desmonta a pié se rompería el pescuezo o las piernas….”

Ross Johnson 1867

“Era aquella una pista homérica, sin duda la mas amplia que haya salido de la mano del Creador, y, tal vez aunque el lo quisiera, no podría hacer otra mejor….”, ha dicho Cunninghame Graham refiriéndose a las pampas, y a fé que el escritor inglés asignó toda su importancia a la topografía de esta región que ha engendrado, por eso mismo, las manifestaciones mas originales de la equitación argentina.

Así es cómo, exenta de de los obstáculos que a la expansión del jinete siempre ofrece el bosque o la serranía, su arte se caracterizó por la velocidad en los aires, que del “tranco” pasan sin intermedio alguno al galope y de este ala carrera.

“Los caballos no trotan – escribió el capitán inglés Head, en 1825 – y es imposible trazar línea entre el tranco y el galope, o, de paso solamente por el país, alterar el sistema de cabalgar.
Otro viajero inglés Thomas Hinchliff dice: “como el trote es desconocido para los caballos del país, tuvimos que soportar una larga y solemne marcha al paso….”.

En efecto nuestro hombre de las llanuras desdeña el trote “de lechero”, suele motejarlo despectivamente, tan usado por el indio pampa de otrora y el paisano mesopotámico de la actualidad.

El sistema de emplear una tropilla para viajar rápidamente largas distancias, que debido a la perfección alcanzada en su desarrollo y por lo difundido que fue en otro tiempo, resulta una peculiaridad del país. Favorecido por lo herboso de las llanuras, que no ofrecían problema alguno de alimentación a resolver, tal sistema permitía cumplir jornadas increíbles de 150 ó 200 kilómetros de sol a sol, con un mínimo desgaste de cabalgaduras, puesto que estas se mudaban cada tres ó cuatro leguas. Una tropilla la constituyen, un grupo de seis a treinta caballos, siempre castrados, con su correspondiente yegua madrina a la que se le cuelga un cencerro.

Las había más numerosas pero lo común era y es que no pase de los quince animales. Estos seguían con su sombra a la madrina, que estando convenientemente enseñada se detenía o doblaba a derecha o a izquierda, al simple silbido o grito de su dueño. Como medida de precaución al entrar o salir de un pueblo, cuando se cruzaban lugares peligrosos o se viajaba por montes espesos o abruptas serranías, era y es también habitual en toda la República Argentina, “tomar la yegua de tiro”, es decir conducirla del diestro con el cencerro puesto o sin él, en la seguridad que a su zaga vendrán los caballos.

Al ocuparme de los modos de viaje no puedo olvidarme el del “caballo de tiro”, esto es llevando el jinete del cabresto y a la par de su cabalgadura, otro animal de silla para cambiarlo con el montado de tanto en tanto. A tal efecto se les enseñaba a cabrestear con especial empeño, de manera de no tener que llevarlo atado a la asidera, por decir así: “de remolque”. Para adiestrar y conservar parejo al montado, el caballo que se lleva “de tiro”, acostúmbrase a colocar a éste a la derecha del jinete y con su cabresto pasado por el pecho y la paleta izquierda del animal montado, asido, claro esta por el hombre con una de sus manos.

Paisanos hubo y quizás siga habiendo, que enseñaban a un caballo a seguir permanentemente a otro, acollarándolos juntos desde redomones, de tal forma que no necesitaban en un viaje usar bozal ni cabresto.

Se les llamaba a estos animales “seguidores” y fueron particularmente útiles cuando los campos eran abiertos y en épocas de malones indios y de guerras civiles.

Muchos jinetes antiguamente acostumbraban montar sin estribos o solo con el estribo del lado de montar, para que sumado a su aire suelto, erguido y de ligerísimo estribar ( ya que la inmensa mayoría de los jinetes no ejerce presión sobre los estribos y apenas mete la punta del pie en ellos), puedan evitar con oportuno brinco ser arrastrado o aplastado por su propio caballo al ser tumbado por meter las manos en cuevas de vizcachas, peludos; ya que estos están perfectamente ocultos con el aspecto uniforme de la planicie.

El recado porteño siempre se adaptó perfectamente a dicho estilo de cabalgar; liso, casi plano, sin borrenes, complementado con estribos sólo aptos para la punta del pie, facilita el desprendimiento del jinete en una rodada, acto que debe ayudarse con una instantánea distensión de muslos y un súbito endurecimiento del busto echado resueltamente hacia atrás para propulsarse con el envión de las ancas.

Las hazañas del “parador”, como se llama al jinete que al rodar o costalar su caballo cae siempre de pie, continuarán por mucho llenando con sus ecos las tertulias de fogón y admirando al extranjero al que le toque presenciarlas como le ocurrió a don Roberto Cunninghame Graham, cuando refiere en uno de sus mejores relatos: “De repente su caballo, su flete de primera, seguro de pies, listo, escarceador y coscojero metió una mano en un agujero y dio una voltereta. Cayó como piedra desprendida desde una grúa. Su enérgico jinete abrió las piernas y echó una parada, con tal maestría que, teniendo todo el tiempo el cabresto en la mano, sus recias espuelas de hierro resonaron contra el suelo como grillos. Cuando el caballo saltó sobre sus pies, el jinete agachando la cabeza y recogiendo el codo izquierdo contra el costado le cayó de un brinco en el lomo y se perdió al galope con tal prisa que se dijera que estaba yo soñando y sólo había despertado treinta años después para cerciorarme de mi sueño”.

Con ser tan completo el dominio que ejerce nuestro campero sobre su cabalgadura, además del espíritu deportivo que posee, no deja de llamar la atención que no practique saltos ni acrobacias ecuestres y menos adiestrar su caballo para realizar saltos ni evoluciones complicadas.

Sí era muy común en esos tiempos que se le enseñara a un caballo a correr boleado, lo requerían así el tan frecuente uso de las boleadoras, con las cuales el gaucho, el indio o el soldado, detenían a su enemigo en fuga, trabando los remos posteriores de su cabalgadura. El hombre hábil en estas lides sabía parar el “tiro de bolas” con el extremo inferior de su lanza, a la cual se enroscaban como víboras las “sogas”, una vez que el jinete en retirada y escape, extendía a aquella por sobre el anca del montado rayando el suelo con el regatón. He oído decir que hubo quienes se cubrían en parecida forma, valiéndose de su poncho, pero siempre me pareció un débil escudo ante tan terrible arma arrojadiza.

Con todo, era de vital importancia en la antigua vida de nuestras campañas, que un caballo no interrumpiese su galope al sentirse “boleado” y a ello tendía el mencionado adiestramiento que se efectuaba, primero: atándole con una guasca larga una mano con otra para ir paulatinamente acortándola a medida que el animal se desempeñaba en la carrera y mudar luego dicha traba a las patas, cuando se lo consideraba ya suficientemente capacitado para ello.

En lo referente a otras “pruebas” como la que tan justa fama han dado al Cowboy y al Cosaco, verbigracia: el cabalgar de pie sobre la silla, el recoger objetos del suelo, etcétera, nuestros jinetes de los llanos las ignoran. Y no es agilidad ni vigor lo que les falta. Rosas, dice Hudson, podía persiguiendo una potrada cimarrona, arrojarse de su caballo y caer sobre el bagual que eligiese.

Pero conviene repetirlo, todos los ejercicios relacionados no provienen de una práctica hípica regular, sino que son iniciativas individuales, nacidas al calor de un instante.

La congénita indolencia del Gaucho, con su voluntad de no emplearse en un esfuerzo físico que exceda al estrictamente necesario, conspiraron siempre contra la espectacularidad de su equitación. A estos motivos podríanse sumar el del apero que utiliza, evidentemente inapropiado por la ausencia de arzones y escasa capacidad de estribos.


Extraído, y recopilado de “EQUITACION GAUCHA EN LA PAMPA Y LA MESOPOTAMIA”, Justo P. Sáenz (h).

 
   
 
JINETE, DOMADOR Y HOMBRE DE A CABALLO

- Raíces de la equitación criolla-


Son tres expresiones de nuestro campo que denotan actividades o habilidades afines, pero no iguales, y que conviene analizar previamente para evitar equívocos.

En la España de la Conquista se distinguían dos formas de cabalgar bien diferenciadas, por su origen y su técnica: la brida y la jineta.

Netamente europea la primera, fue la empleada por los antiguos caballeros revestidos de pesadas armaduras, que estribaban largo, bien ahorcajados en sus sillas de altos arzones traseros, destinados a ayudar al caballero a resistir las fuertes presiones de los botes que daban con sus propias lanzas o los que recibían.

La Jineta, traída a España por los árabes y más especialmente por la tribu africana de los xenetes que acompañaron a la llamada invasión árabe, era totalmente diferente a la brida.

Las caballerías árabes eran ágiles y livianas, de gran movilidad. Los hombres que las formaban no usaban las pesadas armaduras de los antiguos caballeros, sino a lo sumo, livianos escudos y cotas de malla, a fin de tener sobre el caballo gran desenvoltura de movimiento. Estribaban corto, casi agazapados sobre las sillas, a las que podían abandonar parcialmente, tendiéndose sobre los costillares del montado, o saltar a tierra y volver rápidamente a ellas.

Cuenta la historia que hasta que la caballería española no adoptó la jineta como modo de guerrear, no pudo vencer a la musulmana.

Ambas escuelas, la brida y la jineta, llegaron a América con los conquistadores y sus caballos.

El ponderativo caballero de ambas sillas se aplicaba a aquél que podía montar de las dos formas y era diestro de ambas escuelas.

Del predominio inicial en América de una de ellas, nos habla el Inca Gracilazo cuando dice “mi país se ganó a la jineta”. Pero a poco andar, ambas escuelas se mezclaron en América y la expresión montar a la bastarda definió esta situación, en la que los diversos aperos regionales mezclan a veces tipos de arreos jinetes, como el freno de argolla y la estribada larga de la brida.

En nuestro país son reminiscencias de estas escuelas la estribada larga y el pie engargantado en el estribo de la antigua brida, usados por nuestros jinetes litoraleños, o el antiguo freno de argolla, o de candado.

Desde luego, las modalidades regionales introdujeron modificaciones tanto en los arreos de montar, como también en las formas de hacerlo y cambiaron el significado de ciertas palabras y antiquísimos modismos, a punto tal que hoy nos resulta muy difícil, determinar las verdaderas raíces de cada modalidad y saber el verdadero significado.

Dos de estas ultimas, jinete y los de a caballo, usadas desde la época de la conquista llegan hasta nuestros días, la ultima manteniendo su significado y la primera modificándolo.

En la época de la conquista, los peones eran los soldados de a pie, en contraposición con los de a caballo, que eran los jinetes.

En nuestra vieja estancia se denominaba peones a todos los asalariados, distinguiéndolos en dos categorías: los de a caballo, que eran los que realizaban sus funciones montados y constituían (según ellos) una élite, y los de a pie, casi siempre extranjeros que ni siquiera sabían montar a caballo y realizaban trabajos domésticos. Los primeros despreciaban a los de a pie, aunque a veces la necesidad obligaba a alguno de ellos a agachar el lomo y conchabarse de a pie. Pero esto para el criollo antiguo era una verdadera desgracia (¡tuve que conchabarme de a pié!).

Los de a caballo constituían así una verdadera casta. En los viejos tiempos de las grandes estancias criollas, cada puestero o mensual tenia, cuando menos su propia tropilla.

Esta modalidad la defendieron hasta hace muy pocos años, cuando la subdivisión y valorización de los campos obligaron a las Administraciones a racionalizar las explotaciones, apocando, entre otras medidas de orden, las caballadas y sobre todo las ajenas. Eso trajo como resultado en muchos casos que los individuos automáticamente decidían “pedir las cuentas” y marcharse hacia otros rumbos para emplearse en ocupaciones que le permitieran mantener su tropilla, como salir en algún arreo o viaje.

JINETE
En la terminología española, jinete era el “soldado de a caballo que peleaba en lo antiguo con la lanza y adarga y llevaba recogidas las piernas con estribos cortos” y por extensión, simplemente “el que cabalga” (Diccionario de la Real Academia Española, 1899).

En nuestra terminología campera, jinete, en cambio, es el hombre que montado sobre el lomo de un arisco es capaz de resistir con éxito todos los corcovos, por fuertes y sostenidos que sean. Es más, no solo es capaz de resistirlos, sino que intencionalmente los provoca, excitando al animal e induciéndolo a continuar defendiéndose hasta agotarse.

EL DOMADOR
Es el artífice capaz de pulir y tallar un diamante en bruto, que es el potro, y transformarlo, con habilidad y paciencia, en una verdadera joya, como debe ser el caballo, manso pero conservando sus energías, de buen pié y buena boca, hecho a todo en una palabra. El domador será en esencia, también un hombre de a caballo.

El trabajo del jinete es, sobre todo de exhibición personal, rápido y brillante, pero fugaz; el del domador, lento y continuado, es perdurable y constructivo: hacer un caballo.

En los viejos tiempos, la jineteada era el primer paso obligado de la doma criolla.

El domador debía también ser jinete, para doblegar las energías del potro en los primeros galopes, quebrantándolo. Por eso la vieja copla popular decía:

El de domar es oficio
que no exige ser jinete
pero que entonces promete
más sustos que beneficios.

Pero el domador, no es imprescindible que sea jinete. Debe sí. Ser capaz de aguantar algunos corcovos, pero por sobre todo debe tener baquía y experiencia necesaria para, en lo posible, evitarlos no dejando corcovear al animal. El potro es, naturalmente, propenso a ensayar el corcovo cuando siente algo en el lomo y si no se trata de evitarlo, pronto aprende a corcovear. Si se permite que continúe ejercitándose en esta práctica, llega a adquirir la baquía de los reservados, haciéndose así muy difícil o imposible de domar.

La misión del domador es, precisamente, familiarizar al potro con el hombre desde los primeros galopes, evitando que aquél se asuste al sentirlo las primeras veces sobre el lomo y reacciones corcoveando, para tratar de sacárselo de encima.

Pacientemente le quitará las cosquillas manoseándolo y le irá enseñando gradualmente, en la redomoneada, su nuevo oficio, el de caballo.

En los tiempos actuales, jineteada y doma, a pesar que a menudo se los confunda, han pasado a ser cosas bien distintas.

La primera es un gran espectáculo publico, donde los jinetes, aunque no sepan nada de doma o trabajos de a caballo, sólo tienen que mostrar su fuerza y habilidad de eximios equilibristas sobre el lomo, no ya de un simple potro, sino de un reservado, un animal que a través de anteriores experiencias ha aprendido a corcovear y defenderse del hombre que lo monta. Es, por lo tanto, una simple exhibición deportiva, sin otra finalidad que la de brindar un espectáculo.

La doma, en cambio, no es exhibición ni espectáculo. Es un trabajo continuado y metódico, sin público que aplauda, que se realiza en la tranquilidad del campo, en la estancia o el puesto, y que tiene una finalidad constructiva y específica: hacer caballos.

Y confirmando esta diferencia entre jinetes y domadores basta recordar la contestación corriente entre muchos domadores, cuando algún comedido que se creía jinetón o se quería probar, les pedía un barato diciéndoles: “¿querés que te lo monte con espuelas y le saque el veneno?” y ellos, negándose cortés y sentenciosamente contestaban: “No hermano, este es pa caballo quiero sacarlo despacio”.

EL HOMBRE “DE A CABALLO”
Es aquél que sin ser obligadamente jinete, es un muy buen equitador y sabe trabajar de a caballo. Es decir, sabe montar y realizar con habilidad y soltura todas las faenas camperas que necesitan de la ayuda del caballo montado para realizarlas. Además, domina fácilmente su montado y si este no ha aprendido aún su oficio, es capaz de enseñarle a trabajar, completando su adiestramiento. Ya en el trabajo, es capaz de aprovechar al máximo las energías del bruto, ahorrándole esfuerzos inútiles, conservando caballo para un apuro.

Se dice que es capaz de sentir su caballo, descubriendo enseguida sus posibilidades, graduando sus energías en el trabajo. En éste, lo mantiene siempre bien pisado, colocándolo sin esfuerzo aparente en el lugar preciso, allí donde su acción será necesaria.

Y este hombre de a caballo, que tal vez no será un arriesgado jinete y ni por su edad o estado físico está en condiciones de domar una tropilla, es capaz, sin embargo, de suplir con baquía esas deficiencias y aguantar airosamente los eventuales sacudones que alguno de sus discípulos trate de ensayar.

Ser hombre de a caballo exige también condiciones naturales de aguda observación y de infinita paciencia para atesorar paso a paso todos y cada uno de los secretos del arte que implica lograr la acción perfecta y a la vez, elegante de su montado.

Su escuela es su propia experiencia y su capacidad es la de saber mirar la acción de quienes reconoce como maestros. Sabe escuchar consejos en su etapa de formación.

Cuando adquiere su condición de hombre de a caballo no necesitará explicaciones detalladas y precisas. Por lo común, su propia capacidad de observación ha sido aplicada a todas las tareas ganaderas y, entonces, bastará la orden concreta para que la tarea sea cumplida con rapidez y precisión.

Aclarados estos conceptos, surge que es evidente el hombre de a caballo el encargado de protagonizar los trabajos de a caballo de los que me voy a ocupar.

Texto extraído de: “TRABAJANDO DE A CABALLO”, de Roberto C. Dowdall.


 
     
 

EL LAZO

Llegó a América a través de la escuela de la Jineta. Es una de las herramientas más importantes del Gaucho, que a pesar de los años sigue siendo usado diariamente para los trabajos ganaderos, a diferencia de su compañera la boleadora. En el Río de La Plata tomó forma propia: Se los hace de cuero crudo, generalmente vacuno y a veces de burro, tienen una argolla de hierro y en el otro extremo una presilla con su botón. Se los mide en “brazadas” y es infaltable en el recado criollo.
Fue arma usada por los ejércitos en la Guerra de la Independencia, y para la caza de Pumas y Yaguaretés.

Fernando M. Etcheverry.


Don Mario López Osornio, gran conocedor de temas que hacen al campo de antaño y gran escritor, descendiente de los primeros pobladores de Buenos Aires, escribió obras muy importantes como: Esgrima Criolla, Trenzas Gauchas, El Lazo y las boleadoras y muchas más que son fuente de consulta.

En su libro “El Lazo y la Boleadora”dijo:
Hasta la aparición de la Manga y el Brete en nuestro país, es decir hasta principios del 1900, el Lazo desempeño en las tareas camperas el rol de elemento efectivo y necesario. De ninguna manera hubiese podido el hombre de campo desenvolverse sin su ayuda.

Las bestias ariscas y bravías no habrían podido ser domeñadas por el nativo, abandonado a sus exclusivos medios naturales. Por eso necesito auxiliares como esta simple cuerda fuesen suficientes para sujetarles e iniciarles la vida domestica. Se podían apresar fogosos baguales en sus frenéticas disparadas sin lesionarlos, o se atrapaban los fornidos toros sin que sufriesen el más insignificativo de los contratiempos, para ser transformados luego en mansos bueyes capaces de arrastrar pesadísimas carretas y arados.

Fuera de constituir una herramienta de uso cotidiano fue un arma de caza. Con el no solo se volteaba la vaquillona para el asado, sino que se empleaba de vibrante cuarta en el vado pantanoso y como ayuda a los vehículos, ó simplemente como retén de los caballos “comiendo a lazo”, mientras durase el sueño de sus guiadores en los desiertos pampeanos. Y otras veces cuando el clarín de la Patria o las campanas de las iglesias lugareñas sonaban, esa rustica cuerda usada en los menesteres campesinos se transformaba en temible arma guerrera. Y, entonces ¡era de ver sus espirales desenrollándose en el aire como resortes de acero, temblando airados bajo el impulso de los certeros brazos que lo arrojaban! . Era común que los soldados criollos realizaran emboscadas entre las filas del Ejercito Realista a fuerza de lazo, como así también tomaban por asalto piezas de artillería.

Escribiendo sobre su confección, Osornio escribió que para los lazos trenzados se usaba el cuero del costillar, sacando un tiento en redondo (significa sacar un tiento empezando por un punto de la periferia y seguir cortando en espiral hacia el centro del cuero, conservando la misma anchura del mismo). Sabido es que los paisanos apenas adquirido un lazo, lo preparaban para su uso, es decir “lo curaban”, dándole al mismo relativa flexibilidad para el empleo, y la humedad necesaria para evitar futuros resquebrajamientos en el inevitable auxiliar de sus faenas.

Para esto bastaba con embadurnarlo con estiércol fresco de una panza de un animal recién muerto, ó untarlo con hígado fresco de vaca. Después de tanto en tanto un poco de grasa para tenerlo listo.
Su largo era variable según a que uso estuviese destinado. Existían lazos para ser usados en corrales, se usaban para terneros o potrillos y siempre que no fuesen muy ariscos. Podían tener cinco brazadas de largo, para animales más ariscos y más grandes hasta ocho brazadas.

Los lazos mas comunes, los de rodeo eran de doce, catorce, quince o mas brazadas de largo, considerando que cada brazada tiene de largo uno sesenta, llegamos a la conclusión, que tenían alrededor de veinticuatro metros.

El lazo llegó a constituir para el hombre de campo del pasado siglo, un motivo de orgullo.
Lucirse en un tiro hábil no solo demostraba la destreza del tirador, sino la hombría de quien lo había echo. Sarmiento en su libro “Facundo” da cuenta de ese placer rayano en el diletantismo nativo. “El Gaucho llega a la yerra al paso lento y mesurado de su caballo, que detiene a distancia apartada, y para mejor gozar del espectáculo cruza su pierna sobre el pescuezo del caballo, desarrolla su lazo y lo arroja sobre un toro que pasa con la velocidad de un rayo a cuarenta pasos de distancia, lo ha cogido de una uña, que era lo que se proponía, y vuelve tranquilo a enrollar su lazo”.

Por otro lado citamos a Don Roberto C. Dowdall, conocedor de las viejas faenas ganaderas y criador de caballos Criollos.

En su conocido libro “Trabajando de a caballo”, bajo el titulo “Arrollar y armar” explica:
El lazo se arrolla formando círculos de aproximadamente poco menos de una brazada, llamados rollos. Para esta operación el enlazador toma la punta del lazo con la mano izquierda y haciendo correr la derecha sobre aquel con todo el largo de su brazo, lo toma fuertemente entre el índice y el pulgar y le imprime un movimiento de rotación de derecha a izquierda, llevándolo hacia delante para entregarlo a la otra mano. El rollo así formado queda abierto de forma circular, sin enredarse ni retorcerse en si mismo. Se completa toda la operación arrollando el lazo hasta el último rollo, que es el de la argolla. Los rollos así formados transforman el lazo en una verdadera espiral que, mantenida apretada en la mano izquierda permite, al ir soltando de a uno los rollos, la rápida extensión del lazo sin peligro de enredos.

Para armar se procede a la inversa. Con todos los rollos en la mano izquierda el enlazador toma la argolla con la mano derecha y siguiendo la vuelta de los dos primeros rollos, va abriendo la armada. Cuando esta se agranda, y para evitar que la torsión que se ha dado al arrollar haga que la armada se retuerza sobre si misma, con la mano derecha se va haciendo girar la argolla acompañando la vuelta de cada rollo que se suelta. Cuando la armada tiene el tamaño deseado, se da argolla, es decir se hace correr la argolla hasta algo más de un tercio del total de la armada.

Se da más ó menos argolla según el peso de esta ultima. Luego se agregan uno, dos o más rollos o más si es cuestión de tirar lejos. Los rollos representan, junto con una parte de la armada que se ira cerrando en el aire, la distancia a que llegará el tiro.

Luego se revolea imprimiéndole un movimiento de rotación, llevando la mano un poco más alta que la cabeza, con el codo al nivel del hombro. El movimiento de rotación se imprime con el giro de la muñeca y un leve movimiento de antebrazo, siempre se describe este círculo de continuo.

Al tirar, hombro, brazo, antebrazo y muñeca accionan armónicamente y, muchas veces, todo el cuerpo desde la cintura para arriba, acompaña elegantemente el movimiento.

Texto extraído y recopilado de las obras: “EL LAZO Y LA BOLEADORA”, de Mario López Osornio y “TRABAJANDO DE A CABALLO” de Roberto C. Dowdall.

 
     
 

EL GAUCHO – VISTO POR VIAJEROS


Es sabido que el Gaucho experto equitador y trabajador en las faenas ganaderas era autosuficiente, todo lo que necesitaba estaba a su alcance, para alimentarse o armarse de unos pesos: Las plumas del avestruz, el cuero del puma, inclusive la carne vacuna.

Sus herramientas, salían de sus manos: las boleadoras, el lazo, bozales, riendas, todo lo que el necesitaba para trabajar.

Así es que no necesitaba estar bajo la tutela de un patrón, y esto fue lo que produjo su desaparición, por medio de las políticas nacionales llevadas a cabo después de 1852, en base de un sistema liberal, el no podía encajar con un “nuevo país”, por eso fue aniquilado.


Fernando M. Etcheverry.


Los Gauchos, tanto aquellos de clase baja, como de condición más elevada se encuentran entre los seres más independientes del mundo. Sus necesidades son tan escasas, y pueden satisfacerse tan fácilmente, que las ocupaciones de la vida les preocupan tan poco y sus costumbres exigen gastos tan exiguos que están exentas de toda ostentación, rivalidad o competencia, que si no fuera por el juego, vicio que se esparce por todo el país ellos no sabrían que hacer con el poco dinero que ganan.

Su proceder franco es noble y siempre hospitalario, si invita a un extraño a su rancho siempre le ofrece el asiento, y se quita –por educación- su sombrero.

Si un viajero necesita ocultarse para preservar su vida, se interesara en el caso con gran celo y habrán de desafiar ellos el peligro antes de entregarlo. Basta con que un hombre le implore ayuda. De ser necesario le ofrecerá su cama y comida.

Usa un poncho de los que tejen las mujeres indias, ó de los fabricados en Inglaterra. Se sirve de el para, cuando esta montado cubrirse de las lluvias, del frío, a la noche lo usa de manta para taparse y en ocasiones que pelea a cuchillo lo utiliza a guisa de escudo.

Usa chaqueta de paño, amplios calzoncillos andaluces blancos que se ven debajo del chiripá, especie de manta grande puesta a modo de pantalón entre las piernas.

Sus botas casi siempre son de potro, usa inmensas espuelas de hierro ó de plata, pañuelo de seda al cuello. En verano algunos usan sombreros de fibra de palma. Un gran cuchillo de plata de 14” atravesado en la cintura y tapado por el tirador, completan su ropa.

Siempre lleva lazo y boleadoras, para arrojarlas con mucha precisión sobre las patas de un animal para detenerlo al instante. Así son cazados la gama y el avestruz, que son más veloces que un caballo. Estando bien montado es señor de lo que mira; con el lazo caza a los pumas y jaguares, para luego vender sus pieles. No tiene amo, no labra el suelo, no sabe lo que es un gobierno. A veces prisioneros de emociones violentas o de la acción de bebidas espirituosas, terminan “desgraciándose”, como ellos le llaman a cometer un crimen. Estas peleas se dan en general en las pulperías de la frontera, donde la soledad, los naipes y el alcohol son moneda corriente. De cabeza erguida, es el perfecto ideal de libertad.

Su rancho es pequeño con postes de sostén y barro revocado, con un techo de paja, es su puerta, un cuero de yegua. Muy pocos muebles: Cabezas de vaca y de caballo sirven de asiento, una gran hoya de hierro, un asador de hierro, y quizás un barril de agua.

A los gauchos les gusta el alcohol, pero es muy raro que caigan en la ebriedad, tan común en Inglaterra. Viven separados a mucha distancia uno de otro en este inmenso territorio.

Desde que nace juega con el cuchillo y el lazo, aprende a montar antes de caminar.

Por lo general no poseen trabajo fijo, se dedican a domar unos potros en una u otra estancia, trabajar en una yerra, ó salir con alguna tropa de reses gordas para el saladero.

Cuando sale al campo por varios días, duerme en el suelo, tendiendo su montura ó “recado” como le llaman aquí, siempre que realiza viajes lleva poncho, bolas, lazo y varios caballos de su propiedad para mudarlos de tanto en tanto. Nada para ellos suplanta la falta de caballos. No siembra legumbres, no tiene leche y se alimenta de carne y mate. Si consigue buenas espuelas, buen recado y buenos caballos se siente satisfecho; para el, el dinero no tiene tanto valor.

Siempre tiene su cuchillo consigo y un caballo ensillado listo para la huida, porque el peligro de “malones” o invasiones indias son constantes, se cobran muchas victimas y son una gran perdida económica, pues arrasan con todo el rebaño caballar y vacuno del establecimiento.

Casi todos los gauchos han peleado en alguna guerra: ya sea la de la independencia, en las guerras civiles, o combatiendo contra el indio.

Texto recopilado y redactado sirviéndome del libro “EL GAUCHO” de Fernando Asunzao, Capitulo IX –El Gaucho visto por los viajeros- entre 1826 y 1860.

 

 
     
 

Historia del Gaucho argentino

EL CHANGADOR

Empleado de los accioneros de vaqueria mataba animales para sacarles el cuero.
Extraido de revista EL FEDERAL. Por Raul O. Finucci.
Transcripta por Fernando M. Etcheverry.


Vamos a situarnos en el siglo XVII,la unica riqueza exportable de la region eran los cueros y grasa de la gran cantidad de ganado alzado o cimarrón que recorre los campos.

En su mayor parte,no tienen dueño.Como todo lo que no tenia dueño pertenecia a la Corona, en general se lo llamaba "realengo". El hecho de pertenecer a la corona hacia que para cazarlo se necesitara un permiso municipal llamdo "vaqueria".

El ganado era cazado por medio de los dejarretadores, largas cañas con una afiladisina media luna en la punta con la que a todo galope cortaban los garrones de los animales,para luego cuererlos.

Esta tarea no la comenzaron los gauchos,que aun no se habian constituido como clase social y mucho menos como simbolo de la nacionalidad.

Esta tarea era de "changadores" y "camiluchos",sobre los cuales ya nos hemos referido anteriormente.Los patrones de estos changadores eran los "acioneros de vaquerias", quienes tenian el permiso otorgado por la Corona. Según el gran escritor e investigador Fernando Asunzao,ellos eran los "pregauchos" y los accioneros los "protocaudillos", dos palabras que suenan rimbombantes pero son muy ciertas.

Volvamos a los changadores. un escrito anonimo, aparecido bajo el titulo Noticia sobre los campos de la Banda Oriental en 1794 y rescatada por el Prof. Rogelio B. Stefano, dice esto:
" La clase de jornaleros,trabajadores o peones de campo,conocidos por gauchos o changadores,son de dos clases,o meros jornaleros que sirven al que los contrata,o de changadores,que viven de contrabando y robar ganado y hacen faenas por un precio(....). Este es el origen,la vida y el ejercicio de los changadores y los males que aquejan a aquellas provincias".

Aca esta la diferencia: el peón trabajaba por un jornal y los changadores faenaban para hacer comercio de los cueros con españoles o portugueses.

Como bien menciona Asunsao,la actividad de los mencionados accioneros habia iniciado un muy importante quehacer economico "que signaria con sus caracteristicas,y definiria culturalmente,la region litoral platense,durante todo el siglo XVIII: la explotacion del cuero". Cuero que no fue, en realidad,el primer producto de consumo,que en realidad fue la carne,destinada a satisfacer las necesidades alimentarias,mas que nada de Buenos Aires.

Escribio Asunzao:"Aquellos mozos sueltos de la banda occidental, con tapes e indigenas comarcanos,mas o menos sobre el molde de la vaqueria organizada por los accioneros oficiales,claro que sin tanto equipamiento,organizaron partidas con un jefe o caudillo al frente,con el fin de arrear,voltear,enlaza o dejarretar,matar y cuerear vacunos cimarrones,y luego cargarlos en balsas para que por arroyos introducirlos finalmente a la colonia portuguesa por su puerto,o usando estructuras de troncos a modo de rastras,llevandolod hasta la cercania de la plaza,a cincha de caballo y esconderlos entre matorrales..."para luego,a la noche completar el contrabando.

Aparentemente la palabra changador,que figura en el diccionario como "el que se dedica a matar animales para aprovecharse del cuero" viene de "changada": cuadrilla de changadores que se dedica al transporte en balsas por los rios Parana y Uruguay!, que es lo que nos relataba Azunsao,para el ingreso de los cueros en la colonia portuguesa.

Pero la palabra Changador se ha convertido seguramente en jangada, que es como la conocemos en esta orilla,la de Buenos Aires.Siempre supimos que los "jangaderos" eran los que llevaban los troncos atraves del rio,aprovechando su corriente en los grandes centros de tala.

 


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