JINETE,
DOMADOR Y HOMBRE DE A CABALLO
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Raíces de la equitación criolla-

Son tres expresiones de nuestro campo que denotan actividades o habilidades
afines, pero no iguales, y que conviene analizar previamente para evitar
equívocos.
En la España de la Conquista se distinguían dos formas
de cabalgar bien diferenciadas, por su origen y su técnica: la
brida y la jineta.
Netamente europea la primera, fue la empleada por los antiguos caballeros
revestidos de pesadas armaduras, que estribaban largo, bien ahorcajados
en sus sillas de altos arzones traseros, destinados a ayudar al caballero
a resistir las fuertes presiones de los botes que daban con sus propias
lanzas o los que recibían.
La Jineta, traída a España por los árabes y más
especialmente por la tribu africana de los xenetes que acompañaron
a la llamada invasión árabe, era totalmente diferente
a la brida.
Las caballerías árabes eran ágiles y livianas,
de gran movilidad. Los hombres que las formaban no usaban las pesadas
armaduras de los antiguos caballeros, sino a lo sumo, livianos escudos
y cotas de malla, a fin de tener sobre el caballo gran desenvoltura
de movimiento. Estribaban corto, casi agazapados sobre las sillas, a
las que podían abandonar parcialmente, tendiéndose sobre
los costillares del montado, o saltar a tierra y volver rápidamente
a ellas.
Cuenta la historia que hasta que la caballería española
no adoptó la jineta como modo de guerrear, no pudo vencer a la
musulmana.
Ambas escuelas, la brida y la jineta, llegaron a América con
los conquistadores y sus caballos.
El ponderativo caballero de ambas sillas se aplicaba a aquél
que podía montar de las dos formas y era diestro de ambas escuelas.
Del predominio inicial en América de una de ellas, nos habla
el Inca Gracilazo cuando dice “mi país se ganó a
la jineta”. Pero a poco andar, ambas escuelas se mezclaron en
América y la expresión montar a la bastarda definió
esta situación, en la que los diversos aperos regionales mezclan
a veces tipos de arreos jinetes, como el freno de argolla y la estribada
larga de la brida.
En nuestro país son reminiscencias de estas escuelas la estribada
larga y el pie engargantado en el estribo de la antigua brida, usados
por nuestros jinetes litoraleños, o el antiguo freno de argolla,
o de candado.
Desde luego, las modalidades regionales introdujeron modificaciones
tanto en los arreos de montar, como también en las formas de
hacerlo y cambiaron el significado de ciertas palabras y antiquísimos
modismos, a punto tal que hoy nos resulta muy difícil, determinar
las verdaderas raíces de cada modalidad y saber el verdadero
significado.
Dos de estas ultimas, jinete y los de a caballo, usadas desde la época
de la conquista llegan hasta nuestros días, la ultima manteniendo
su significado y la primera modificándolo.
En la época de la conquista, los peones eran los soldados de
a pie, en contraposición con los de a caballo, que eran los jinetes.
En nuestra vieja estancia se denominaba peones a todos los asalariados,
distinguiéndolos en dos categorías: los de a caballo,
que eran los que realizaban sus funciones montados y constituían
(según ellos) una élite, y los de a pie, casi siempre
extranjeros que ni siquiera sabían montar a caballo y realizaban
trabajos domésticos. Los primeros despreciaban a los de a pie,
aunque a veces la necesidad obligaba a alguno de ellos a agachar el
lomo y conchabarse de a pie. Pero esto para el criollo antiguo era una
verdadera desgracia (¡tuve que conchabarme de a pié!).
Los de a caballo constituían así una verdadera casta.
En los viejos tiempos de las grandes estancias criollas, cada puestero
o mensual tenia, cuando menos su propia tropilla.
Esta modalidad la defendieron hasta hace muy pocos años, cuando
la subdivisión y valorización de los campos obligaron
a las Administraciones a racionalizar las explotaciones, apocando, entre
otras medidas de orden, las caballadas y sobre todo las ajenas. Eso
trajo como resultado en muchos casos que los individuos automáticamente
decidían “pedir las cuentas” y marcharse hacia otros
rumbos para emplearse en ocupaciones que le permitieran mantener su
tropilla, como salir en algún arreo o viaje.
JINETE
En la terminología española, jinete era el “soldado
de a caballo que peleaba en lo antiguo con la lanza y adarga y llevaba
recogidas las piernas con estribos cortos” y por extensión,
simplemente “el que cabalga” (Diccionario de la Real Academia
Española, 1899).
En nuestra terminología campera, jinete, en cambio, es el hombre
que montado sobre el lomo de un arisco es capaz de resistir con éxito
todos los corcovos, por fuertes y sostenidos que sean. Es más,
no solo es capaz de resistirlos, sino que intencionalmente los provoca,
excitando al animal e induciéndolo a continuar defendiéndose
hasta agotarse.
EL
DOMADOR
Es el artífice capaz de pulir y tallar un diamante en bruto,
que es el potro, y transformarlo, con habilidad y paciencia, en una
verdadera joya, como debe ser el caballo, manso pero conservando sus
energías, de buen pié y buena boca, hecho a todo en una
palabra. El domador será en esencia, también un hombre
de a caballo.
El trabajo del jinete es, sobre todo de exhibición personal,
rápido y brillante, pero fugaz; el del domador, lento y continuado,
es perdurable y constructivo: hacer un caballo.
En los viejos tiempos, la jineteada era el primer paso obligado de la
doma criolla.
El domador debía también ser jinete, para doblegar las
energías del potro en los primeros galopes, quebrantándolo.
Por eso la vieja copla popular decía:
El
de domar es oficio
que no exige ser jinete
pero que entonces promete
más sustos que beneficios.
Pero
el domador, no es imprescindible que sea jinete. Debe sí. Ser
capaz de aguantar algunos corcovos, pero por sobre todo debe tener baquía
y experiencia necesaria para, en lo posible, evitarlos no dejando corcovear
al animal. El potro es, naturalmente, propenso a ensayar el corcovo
cuando siente algo en el lomo y si no se trata de evitarlo, pronto aprende
a corcovear. Si se permite que continúe ejercitándose
en esta práctica, llega a adquirir la baquía de los reservados,
haciéndose así muy difícil o imposible de domar.
La misión del domador es, precisamente, familiarizar al potro
con el hombre desde los primeros galopes, evitando que aquél
se asuste al sentirlo las primeras veces sobre el lomo y reacciones
corcoveando, para tratar de sacárselo de encima.
Pacientemente le quitará las cosquillas manoseándolo y
le irá enseñando gradualmente, en la redomoneada, su nuevo
oficio, el de caballo.
En los tiempos actuales, jineteada y doma, a pesar que a menudo se los
confunda, han pasado a ser cosas bien distintas.
La primera es un gran espectáculo publico, donde los jinetes,
aunque no sepan nada de doma o trabajos de a caballo, sólo tienen
que mostrar su fuerza y habilidad de eximios equilibristas sobre el
lomo, no ya de un simple potro, sino de un reservado, un animal que
a través de anteriores experiencias ha aprendido a corcovear
y defenderse del hombre que lo monta. Es, por lo tanto, una simple exhibición
deportiva, sin otra finalidad que la de brindar un espectáculo.
La doma, en cambio, no es exhibición ni espectáculo. Es
un trabajo continuado y metódico, sin público que aplauda,
que se realiza en la tranquilidad del campo, en la estancia o el puesto,
y que tiene una finalidad constructiva y específica: hacer caballos.
Y confirmando esta diferencia entre jinetes y domadores basta recordar
la contestación corriente entre muchos domadores, cuando algún
comedido que se creía jinetón o se quería probar,
les pedía un barato diciéndoles: “¿querés
que te lo monte con espuelas y le saque el veneno?” y ellos, negándose
cortés y sentenciosamente contestaban: “No hermano, este
es pa caballo quiero sacarlo despacio”.
EL
HOMBRE “DE A CABALLO”
Es aquél que sin ser obligadamente jinete, es un muy buen equitador
y sabe trabajar de a caballo. Es decir, sabe montar y realizar con habilidad
y soltura todas las faenas camperas que necesitan de la ayuda del caballo
montado para realizarlas. Además, domina fácilmente su
montado y si este no ha aprendido aún su oficio, es capaz de
enseñarle a trabajar, completando su adiestramiento. Ya en el
trabajo, es capaz de aprovechar al máximo las energías
del bruto, ahorrándole esfuerzos inútiles, conservando
caballo para un apuro.
Se dice que es capaz de sentir su caballo, descubriendo enseguida sus
posibilidades, graduando sus energías en el trabajo. En éste,
lo mantiene siempre bien pisado, colocándolo sin esfuerzo aparente
en el lugar preciso, allí donde su acción será
necesaria.
Y este hombre de a caballo, que tal vez no será un arriesgado
jinete y ni por su edad o estado físico está en condiciones
de domar una tropilla, es capaz, sin embargo, de suplir con baquía
esas deficiencias y aguantar airosamente los eventuales sacudones que
alguno de sus discípulos trate de ensayar.
Ser hombre de a caballo exige también condiciones naturales de
aguda observación y de infinita paciencia para atesorar paso
a paso todos y cada uno de los secretos del arte que implica lograr
la acción perfecta y a la vez, elegante de su montado.
Su escuela es su propia experiencia y su capacidad es la de saber mirar
la acción de quienes reconoce como maestros. Sabe escuchar consejos
en su etapa de formación.
Cuando adquiere su condición de hombre de a caballo no necesitará
explicaciones detalladas y precisas. Por lo común, su propia
capacidad de observación ha sido aplicada a todas las tareas
ganaderas y, entonces, bastará la orden concreta para que la
tarea sea cumplida con rapidez y precisión.
Aclarados estos conceptos, surge que es evidente el hombre de a caballo
el encargado de protagonizar los trabajos de a caballo de los que me
voy a ocupar.
Texto
extraído de: “TRABAJANDO DE A CABALLO”, de Roberto
C. Dowdall.
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